Columnas
Una cumbre, una metáfora
Nevado de Ishinca, Cordillera Blanca, Perú
Por Daniel Placci
Estábamos a 5.526 metros de altura, arrodillados sobre un angosto reborde de hielo. Sólo cuatro metros nos separaban de la cumbre del Nevado de Ishinca, en la Cordillera Blanca.
Cuando llegué, primero en la cuerda, a esa especie de repisa, pensé que esa cima, por la que veníamos escalando desde hacía ya dos extenuantes jornadas y que parecía al alcance de la mano, ahora estaba más lejos que nunca: para completar esos cuatro metros, había que escalar una pared de hielo, vertical en su parte inferior y con pendiente decreciente en su salida a la arista cimera, ante la que se interponía una enorme grieta de casi un metro de ancho y de profundidad desconocida. Todo alrededor de nuestra posición era abismo. No había margen para el error.
Le propuse a Alejandro intentarlo, con las medidas de seguridad necesarias. Como siempre en la montaña, si todo se hace bien, casi no hay riesgo del que temer.
Comenzamos a armar un anclaje de seguridad enterrando una de nuestras piquetas en el hielo. Así crearíamos un punto fijo desde el cual armar el sistema de seguridad que nos permitiría escalar la pared de hielo del otro lado de la grieta.
Era un jueves de agosto y llevábamos once horas escalando en la más absoluta soledad. Aparente soledad. Habíamos comenzado a equiparnos a la 3 de la madrugada y a las 4.30 ya habíamos salido de nuestro campamento instalado a 4.300 metros.
Ahora eran las 15.30. En medio de tal soledad, sólo se escuchaba el sonido de nuestra respiración, acelerada por la altura, y el ruido del material con el que armábamos nuestro anclaje. En eso, escuché una voz. No podía ser… Primero, el miedo; después, la intriga. Mientras nos mirábamos perplejos entre nosotros, vi asomar por encima de la pared de hielo la cabeza de alguien. Era un escalador. Por el lado opuesto de la montaña, una cordada de dos noruegos y otra de dos sudafricanos estaban llegando a la cumbre en el mismo momento en que nosotros. Difícil de creer, pero así estaba ocurriendo.
Arrojé el cabo de mi cuerda al escalador que se había asomado, para que con una estaca fijara un anclaje por encima de la grieta. Asegurado ahora a ambos lados de la grieta, me paré en el borde de mi lado, estiré mis brazos por encima de ella hasta clavar mis piolets sobre la pared del otro lado, me colgué de ellos y escalé por encima de la grieta los cuatro metros hasta pararme sobre la arista de la cima, una estrecha cornisa de hielo a sotavento de la cual me junté con las otras dos cordada.
Después, Alejandro hizo lo propio y entonces, en la cumbre del Ishinca, a 5.530 metros de altura, estábamos parados seis escaladores. Tres países muy remotos entre sí, tres continentes, tres idiomas y un sistema de cuerdas ahora asegurándonos a los seis. La montaña nos regalaba así una hermosa metáfora.
Ellos decidieron bajar por la ruta que nosotros habíamos escalado. Todos, entonces, teníamos ahora que saltar desde la arista, por encima de la grieta, hacia la angosta repisa de hielo. Todo alrededor se veía como abismo. Todo alrededor era abismo. Asegurados desde el anclaje de arriba, uno a uno fuimos saltando. Hasta que el último, uno de los noruegos, debía desinstalar el anclaje y saltar asegurado por nosotros desde abajo. Me paré nuevamente en el borde de la grieta para asistirlo. Más abajo, Alejandro me aseguraba a mí y los otros tres aseguraban al que saltaba último. Saltó y se completó así una maniobra impecable.
Las tres cordadas iniciamos el descenso. Ya eran las 4 de la tarde, en el cielo había nubes amenazadoras y debíamos cruzar un enorme glaciar surcado por infinitas grietas, antes de que a las 18 comenzara a oscurecer. Así fue. Las nubes descargaron algo de nieve y después la claridad de la Luna casi llena nos permitió seguir descendiendo de noche. Exhaustos, agotados, llegamos a nuestro campamento a las 20.15, después de casi 16 horas de gran desgaste.
El día siguiente, viernes, descendimos desde nuestro campamento base a 4.300 hasta “Pashpa”, la pequeña aldea a 3.450 desde la que habíamos comenzado nuestra ascensión tres días antes.
En el prólogo de “Los conquistadores de lo inútil” (el clásico de la literatura de montaña en el que el Lionel Terray relata su expedición al Annapurna, la histórica primera ascensión de un ocho mil, a principios de la década del 50) se dice: “Hay otros mundos, pero están en este”. Si algo de apasionante tiene el montañismo es que, en una simbiosis inseparable, combina una de las actividades deportivas tal vez más duras y exigentes con el entorno que la rodea, siempre sorprendente, muchas veces desconocido, a veces salvaje.
Dos días después de esta cumbre habríamos de dejar ese otro mundo. Íbamos a extrañar la digna pobreza de los montañeses quechuas. Las miradas curiosas. El diálogo con el arriero. El regateo institucionalizado. La informalidad hecha ley. Pero, sobre todo, esas montañas de Yurak Janka (Cordillera Blanca, en quechua), tremendamente bellas y seductoras. Con ellas pudimos jugar nuestro juego preferido. Escalarlas, para algunos, puede ser como el juego de la ruleta rusa. Para nosotros, es como el de la botella. Cuando no se te da, te quedás con las ganas. Pero cuando se te da, ligás ese beso que tanto esperabas y que nunca se olvida. Cada cumbre es como ese beso.
De regreso, nos trajimos en nuestras mochilas el aprendizaje de alguna ascensión inconclusa y la satisfacción de alguna cumbre pisada. De las pulgas que se hicieron una fiesta con nosotros, trajimos las ronchas. De los campesinos quechuas, el registro de sus miradas. Y de las montañas, aquello que más habíamos ido a buscar: la provocación a nuestros propios límites, físicos y mentales. Yurak Janka, la Cordillera Blanca, nos lo había permitido. |


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