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Lo que nos cambia es el esfuerzo del camino recorrido

Acabo de regresar del Ojos del Salado donde tuvimos la oportunidad de subir por una nueva ruta. De chico, y no tan chico, creía que las cumbres cambiaban a sus protagonistas, que una cumbre podía torcer el rumbo de una vida o cambiar a alguien. Ahora, con varios años mas me cuesta ver que cambios  hay  luego de hollar una cumbre.

Primero me tiento a decir que no existen cambios, que solo se regresa a la vida cotidiana y que el mundo siguió girando sin enterarse que nosotros fuimos a esta o a aquella cumbre.
Luego pienso algo mas, solo a nuestros seres queridos que aguardaron pacientemente nuestro regreso, es probable que algo les halla cambiado: ya volvimos y no están mas en vilo.
Será así? No habrá ningún cambio en nosotros luego de nuestros pasos por la montaña?


Podría dividir la respuesta es varias partes. Primero seguramente que para el mundo en general el montañismo es una de las tantas actividades que para algunos son importantes y para la mayoría no. En segundo lugar, para los montañistas, puede ser relevante un ascenso u otro y de hecho varias alegrías, frustraciones, sonrisas o llantos recorrerán los distintos rostros de los montañeros de acuerdo a los resultados. En tercer lugar está el montañista mismo, que de acuerdo a sus prioridades se sentirá profundamente cambiado o no de acuerdo a su logro o intento.

Podría quedar aquí la reflexión, pero en esta última expedición, metidos en las Termas de Fiambalá aprovechamos a ver algunos puntos más con mis compañeros sobre esta cuestión. Pensábamos en voz alta sobre los cambios que en nosotros han operado algunas de las cumbres alcanzadas. Algunos opinaban que un gran logro deportivo les había cambiado la vida, otros eran más cautos y otros pensamos que era neutro alcanzar o no una cumbre. Las ideas fueron pasando y fluyendo mientras el agua nos arrugaba las manos. El mate pasaba de uno en uno y las termas daban ese marco único luego de la cumbre anhelada que sirve como un bálsamo al cuerpo cansado.


En un momento nos dimos cuenta de algo, no es la cumbre misma la que cambia al hombre que la alcanza, es el esfuerzo que requirió alcanzarla lo que nos marca y nos cambian.

Luego de encontrar esa definición nos fue más fácil encontrar respuestas a los sentimientos que fluían dentro de nosotros en el momento que vivíamos luego de alcanzar una cumbre por la ruta propuesta. Era claro que los cambios que encontraríamos eran basados en el camino que habíamos recorrido, mas allá de la cumbre misma.

Así fue como encontramos cambios luego de expediciones donde no habíamos alcanzado la cumbre, de hecho en varias oportunidades hallamos mas cambios en los intentos que en los éxitos.

Que distintos que nos veíamos si nos comparábamos con los primeros pasos en el duro deporte de la montaña! Que distintos que nos veíamos con respecto a expediciones de hace 10 años!
Éramos otros, pero los cambios se basaban en los recorridos, en los éxitos y frustraciones, en las privaciones, en el frio, el hambre y la gloria de la cumbre. En el llanto en el hombro del amigo, en los brazos en alto al llegar a la cima y en el cansancio que más de una vez nos tiró humillados al piso en medio de jadeos.

Luego surgió otro punto donde no encontramos respuesta y solo el tiempo la dará. Pensamos en las expediciones pioneras, las cuales hoy nos condicionan y nos señalan el marco donde ejercitamos nuestro deporte: esos pioneros quizás tampoco habían visto trascendente el hecho de hacer cumbre o no, pero a nosotros 50 o 70 años después si nos condicionaban y nos hacían vivir el deporte de una manera distinta.

Será que uno puede desarrollar actividades también para generaciones futuras? Podrán nuestros pasos en la montaña de hoy definir algunas cuestiones de cordadas futuras? En principio nos pareció demasiado trascendental para una charla de amigos en las termas de Fiambalá  y continuamos recorriendo pensamientos y disfrutando unos mates mientras se iba el sol.

Esa noche nos esperaban unas memorables milanesas con ensalada de papa con sal y vinagre, un manjar que disfrutaríamos luego de los siete días de esfuerzos del Ojos del Salado.

Sin dudas éramos casi los mismos que habíamos partido, pero sin embargo teníamos varias anécdotas nuevas que contar, habíamos evolucionado en el esfuerzo de los días de montaña y teníamos una cumbre más que nos acariciaba el corazón.

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