Ver Perfil del autor / Contacto

Estilo alpino en el Himalaya

 

En el año 1907, el alpinista Tom Longstaff, explorador y naturalista británico, hombre de gran experiencia en los Alpes, el Cáucaso y el Tíbet, logra ascender en el Himalaya el Monte Trisul, de 7.120 m de altura. Por primera vez el hombre lograba pasar la cota de los 7.000 metros, la cual fue superada recién después de dos décadas. En ese entonces, las montañas más ascendidas eran los Alpes, cuya cota era inferior a los 5.000 metros y los ascensos no duraban más de tres días. Las grandes montañas asiáticas plantearon una problemática nueva respecto a la forma de ascender.

Longstaff, para lograr subir al Trisul empleó un novedoso sistema de campamentos de altura, totalmente equipados y ubicados cada quinientos o seiscientos metros entre sí, con un campamento base donde solía pernoctar el grupo el tiempo necesario hasta lograr el objetivo. Esta forma de equipar a montaña tuvo un gran éxito y difusión, manteniéndose hasta la actualidad, solo que ahora la equidistancia entre campamentos es superior (800 a 1.000 m).

La dinámica consiste en ir adaptando progresivamente el cuerpo a la altura. Por ello, se asciende al campamento 1 y se desciende al base, luego se sube al campamento 2 y nuevamente se desciende al base, seguidamente al 3 y así, dependiendo la altura de la montaña, hasta llegar al último campamento y descender al base para recuperar fuerzas y esperar el buen tiempo. Cuando el pronóstico anuncia que se aproxima una “ventana” de buen tiempo, los montañistas ascienden y en dos, tres o cuatro días llegan al campamento de altura, desde donde parten hacia la cima.

Esta forma de encarar la montaña es conocida como “estilo expedición” o “estilo clásico”, también se las denomina “expediciones comerciales”. Donde el confort llega a niveles impensados en otros tiempos. En las expediciones comerciales uno paga a la empresa y ésta se encarga literalmente de TODO. Se suelen emplear un promedio de 8 a 10 porteadores por cada montañista, a lo que se debe sumar los guías y los sherpas o porteadores de altura, quienes entre otras cosas, se ocupan de instalar centenares de metros e incluso varios kilómetros de cuerdas fijas para que los clientes fijen su jumar y suban amarrados a la soga siempre, desde la base hasta el último campamento o más arriba aún. No solo eso, se suelen contratar cocineros y ayudantes de cocina. Los grupos, por lo general, están integrados por unos diez montañistas, que son los que  compran el paquete comercial, esto implica que, en esa expedición hay un centenar de personas y a veces más. En los campamentos base comerciales se instalan enormes carpas comedor, carpas de cocina, carpas de reunión con plasma y reproductor de DVD para ver películas mientras se recuperan de tantas subidas y bajadas, obviamente hay grupos electrógenos para poder alimentar las baterías de las radios, teléfonos satelitales, computadoras, cargadores de pilas y todo cuanto se quiera llevar, también se instalan baños con pequeños calefones eléctricos para la ducha.

Los clientes que pagaron para subir a la montaña nunca cocinan, lavan las vajillas, arman una carpa o llevan peso en sus mochilas, todo lo brinda la empresa.

Si viviera el inglés Longstaff, vería con satisfacción –o no- que su método ha perdurado y tomado vida propia a lo largo de un siglo, fue llevado a niveles inconmensurables, donde es muy poca la diferencia de comodidad entre la ciudad y un campamento base en el Himalaya.

Sin embargo, pese a que ésta es la forma más popularizada, estandarizada y casi excluyente de ir al Himalaya, existe otra manera de encarar las montañas más altas del mundo, esto es el “estilo alpino” o “estilo ligero”, que es una concepción diametralmente opuesta a la descripta.

Reinhold Messner fue un pionero en esta forma de ascender en el Himalaya, tratando siempre de subir lo más liviano y rápido posible, y permaneciendo el menor tiempo en la “zona de la muerte” (por encima de los 7.000 metros) y prescindiendo además de tubos de oxígeno. El suizo Erhard Loretan hizo del estilo alpino en el Himalaya un culto, llevándolo a extremos que, en muchos casos, no se volvieron a repetir. 

Cuando se asciende en estilo alpino las cordadas llevan todo su equipo, no existen campos intermedios armados, ya que la carpa va en la mochila y los mismos se arman y desarman a medida que uno asciende o desciende, no se emplea oxígeno, no se instalan cuerdas fijas, se prescinde de sherpas y guías, es decir, es un estilo de total autosuficiencia, donde cada uno está mano a mano con la montaña y nada más. Obviamente se trata de un estilo más duro y sacrificado, que requiere mayor preparación física y mental.

Durante el pre Monzón himaláyico de 2008 fuimos a ascender el Monte Dhaulagiri en estilo alpino, en el campamento base habían montañistas de un poco más de diez nacionalidades. Salvo la nuestra, todas las expediciones ascendían a la montaña en estilo clásico. El campamento base era una especie de aldea bastante poblada, plagada de enormes carpas con todas las comodidades. Nuestro campamento consistía en dos carpas para los cuatro que integramos la expedición y, luego de estar un par de días a 4.600 m del campamento base, instalamos nuestro campo base a 5.800 metros, donde permanecimos una semana antes de partir a la cumbre. Para el acercamiento que duró seis días, cargamos nuestras mochilas con más de 25 kilos, el mismo peso que suelen llevar los porteadores. Nuestra expedición empleó solo cuatro porteadores en total, que llegaron dos días después que nosotros al campo base, no usamos cuerdas fijas, oxígeno, sherpas, ni guías. Nos costó menos de un tercio de lo que sale ir de la forma “normal”.

Entre  ambos estilos existen puntos intermedios, cada uno elige la forma en que va a hacer una montaña. El montañismo es una actividad que va más allá del mero aspecto deportivo, cada uno elige y se construye su propia montaña, sin tener que dar cuentas a nadie. Nadie es más ni menos montañista por la forma en que elige subir, eso queda en el fuero íntimo.

La cordillera del Himalaya representa un gran desafío para los montañistas o aficionados al deporte que, si se quiere, con dinero y entrenamiento pueden ser llevados a cualquier cumbre. En ese sentido parece ser que el fin justifica los medios.  

Personalmente, me inclino por la filosofía de hacer más con menos, con el desafío de estar frente a la montaña y poder tener la libertad de leerla, estudiarla, conocerla, interpretarla, optar cuándo y por dónde ir, y, fundamentalmente, disfrutar intensamente el hecho de poder poner los pies allí donde una vez estuvieron los sueños. 

Christian Vitry

 

Columnas Anteriores:

Aconcagua, reflexiones marginales sobre la oscura temporada 2009.
Sobrepeso en la montaña